Perdido en China. Tercera etapa

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Un aeropuerto sorprendente

El viaje hasta Qatar ocurrió sin mayores sobresaltos. La comida del avión, aunque siempre escasa, era de influencia árabe y muy deliciosa y la monja portuguesa y el trabajador brasilero con quienes compartí asientos eran cordiales y amables. Aunque antes de subir al avión se nos recordó mil veces que debíamos utilizar barbijos en todo momento, incluso en la fila para abordar, gran parte de los viajeros se quitó el barbijo. Con especial desagrado una gran familia paso una parte importante del viaje en la cola del avión bebiendo café, licor y charlando sin barbijos y un hombre en sus 50 con evidentes problemas de tabaquismo tosió varias veces sobre mí, con una tos seca y carrasposa. De todas formas, habrá que esperar hasta Corea para descubrir si fui contagiado de Covid-19. Por fortuna mis compañeros de asiento fueron muy respetuosos, manteniendo sus barbijos colocados y nos turnamos para comer, para no estar los tres a la vez sin barbijo degustando los manjares árabes.

Para bajar del avión, el personal tenía todo un protocolo bien armado, en el que por sectores autorizaban a determinados números de asientos a pararse, tomar sus cosas y descender del avión. Al encontrarnos prácticamente sentados en la cola del avión pasó un buen rato hasta que fuimos llamados. Esta modalidad, pausada y ordenada es tan buena que espero que pueda ser adoptada por todas las compañías del mundo, ya que la gente no se levantó desesperada a abrir los compartimientos y a ocupar los pasillos antes de que el avión terminara de maniobrar en tierra como normalmente ocurre.

Los controles de seguridad en Qatar son bastante estrictos, no sabría decir si esto está relacionado con el inminente Mundial de Fútbol, con la lucha contra el terrorismo o simplemente con las normativas de un país que quiere la paz. Estaba completamente prohibido ingresar al aeropuerto con botellas de agua, aunque fueran botellas compradas en otros aeropuertos o proporcionadas por la aerolínea. Por lo tanto, no quedo otro remedio que reproducir la divertida escena de人在囧途 Rén zài jiǒng tú, Perdido en el viaje (2010) en el que 牛耿 Niú Gěng se ve obligado a tomar 8 litros de leche para poder atravesar el control de seguridad. Por fortuna la botella de la que disponía ni era tan voluminosa ni tenia leche. 

Para pasar por el control de seguridad se exigía lo que normalmente se exige en todos los controles, colocar dispositivos electrónicos en una bandeja, colocar los líquidos aparte en un neceser transparente y quitarse todos los metales ferrosos de encima. Además, era obligatorio vaciar completamente los bolsillos y quitarse el calzado, sin importar el tipo de calzado. Como paleontólogo suelo viajar con pesadas botas de montaña (porque ocupan y pesan mucho y son muy cómodas para viajar) que normalmente están reforzadas con metal por dentro, por lo que tengo la costumbre de descalzarme. Mis últimas botas tuvieron un final funesto en Las Grutas, una ciudad costera de la Patagonia Argentina, por lo que en esta ocasión viajé con cómodas y livianas zapatillas para correr. Tras pasar por el detector de metales, que para mi felicidad no sonó, ya que normalmente siempre olvido algún metal en bolsillos o prendas de ropa, era necesario pasar por un profundo cacheo de seguridad. Aunque el personal era muy amable y se respetaba que el personal femenino revisaba a las mujeres y el masculino a los hombres, el cacheo era muy intenso, lo que podría ser incómodo para algunas personas. Los latinoamericanos estamos más acostumbrados al contacto físico con otras personas y, al menos personalmente, no supuso un problema.

Tras hacerme con todo el equipo nuevamente, que incluía volver a calzarme y colocarme cinturón y poncho, mi valija de cabina quedó retenida en el control de seguridad. Se me informó que debía ir a una mesada aparte, donde varias personas estaban sufriendo una revisión intensiva de sus maletas. Mis temores empezaron a acrecentarse cuando vi que la persona delante de mí en la fila había sido forzada a despachar su mochila. Aparentemente, portaba algunos artículos que no podían ingresar al aeropuerto, no se bien cuales, y le ofrecieron que guardara todo y enviar su mochila despachada al siguiente vuelo. Con gran desesperación, la persona delante de mí intentaba tener en sus manos todo lo importante: documentación, artículos de aseo personal, algo de comida, una computadora y una Tablet. Mientras esperaba, otro oficial de seguridad tomó mi valija, y en lugar de colocarla sobre la mesa para revisarla, volvieron a pasarla por la cinta de seguridad. Tras esta segunda inspección, nadie separó la valija y pude continuar.

Creía yo que ya podría buscar un lugar donde beber un café, pero grande fue mi sorpresa cuando un oficial me indicó que formara una fila junto a otros hombres. Tras un biombo, los hombres se paraban uno a uno en una pequeña cinta transportadora para ser revisados en una máquina de escáneres. Ya había visto máquinas similares en Canadá, donde todas y cada una de las veces que pasé fui sospechosamente “seleccionado al azar”, siempre el único de todos, para pasar por esa revisión. En una ocasión en Canadá olvidé que llevaba una banda elástica para el pelo en un bolsillo y al pasar por la máquina el oficial me preguntó qué llevaba en el bolsillo, por lo tanto, puedo dar fe de que la máquina es muy precisa. En esta ocasión no se nos pidió vaciar los bolsillos y pasé por la máquina sin mayores problemas.

Las barras bravas

Al terminar, esta vez sí, de atravesar todos los controles de seguridad, por fin me encontraba en el Aeropuerto Internacional de Doha, Qatar. Lo primero que escucho es una gran batucada, como si la barra brava de algún equipo de fútbol argentino estuviera haciendo de las suyas en medio del aeropuerto con bombos y cervezas. En mi falsa ilusión llegué a pensar que se trataba de algún tipo de grabación, un recibimiento a los pasajeros para recordarles el inminente mundial. Al bajar por unas escaleras mecánicas grande fue mi sorpresa al encontrar a un gran grupo de qataríes con globos, pancartas y camisetas de colores, saltando y danzando al ritmo de bombos y redoblantes. Instaban a los pasajeros a tomarse fotos con ellos y hasta tenían una pancarta con una gran ventana que imitaba una publicación en redes sociales en la que los pasajeros hacían fila para tomarse una foto dentro junto a los “falsos hinchas” y pelotas de fútbol. La idea me pareció divertida y pensé en tomarme algunas fotos con ellos más tarde, y aunque volví a escucharlos, ya que iban por todo el aeropuerto saltando al ritmo de los tambores, nunca volví a cruzarlos para tomarme la fotografía. 

El aeropuerto de Qatar es gigantesco, a niveles impresionantes, y aunque puede recorrerse a pie, son varios kilómetros de caminata y hay un pequeño tren interno que conecta todas las terminales. Todos los espacios están llenos de vida, con tiendas de todo tipo, espacios para sentarse, para conectar los dispositivos a la corriente, hay salas silenciosas con asientos reclinados para dormir o pasar el rato en paz, baños y bebederos por doquier y hasta un gran número de salas de oración. Es realmente un lugar espectacular para pasar las horas esperando a la siguiente conexión.

Las salas de oración, que se encontraban cada pocos metros captaron mi atención. En el Aeropuerto Internacional Ezeiza en Buenos Aires, hay una pequeña capilla en la zona común del aeropuerto que, aunque limpia y despejada, parece un lugar que necesita algo más de cariño. Decidí ingresar a una de estas salas musulmanas para conocer un poco más acerca de esto que es tan importante como para destinar cientos de metros cuadrados en todo el aeropuerto. No hay restricciones al entrar de ningún tipo, y esto es algo que ya había experimentado con compañeros musulmanes en China, los practicantes valoran mucho el interés del extranjero por su religión, siempre y cuando uno respete sus reglas en los espacios de práctica. Lo único que hay que tener en cuenta es que hay salas para hombre y salas para mujeres y es importante estar seguro de entrar bien, ya que entrar por error en la sala equivocada podría suponer una gran ofensa. La sala masculina era sobria, pero diseñada con un gran gusto. La primera sala es un área similar a un cambiador de un gimnasio, con banquetas largas para sentarse, espacios para almacenar el equipaje y unos guardazapatos similares a los que puede haber en las zonas de juegos para niños pequeños, pero más formales.

Tras almacenar todo y quitarse el calzado, una de las paredes cuenta con unas pequeñas canillas donde sentarse y lavarse cómodamente los pies. Una vez higienizado, se puede cruzar una puerta de madera con unas pequeñas ventanas de vidrio que dejan ver al interior. Allí, una gran sala alfombrada es lo único que hay. No hay decoraciones ni diseños en las paredes, y la alfombra es de un color homogéneo. La sala está bien calefaccionada, lo que permite que una persona esté descalza y sin moverse durante mucho tiempo sin pasar frío, pero sin llegar a generar una atmosfera agobiante. Dentro, unas pocas personas practicaban sus oraciones de diferentes formas. Un adulto maduro con un libro leía parado en un rincón, una persona orientada hacia la Meca realizaba reverencias y recitaba algo en voz muy baja. Otra persona estaba sentada completamente relajada y con los ojos cerrados utilizando la pared como respaldar. Tras contemplar la escena unos momentos, me retiré en silencio para no incomodar a los practicantes. Evidentemente de todo esto no hay material fílmico ni fotográfico, ya que no había gran cosa que mostrar ni nadie a quién preguntar si era posible tomar alguna imagen. Para no incomodar a quienes solo querían practicar su religión, los acompañé unos pocos minutos, habiendo dejado todos mis artículos tecnológicos en la sala contigua para no perturbar a nadie. Siempre es bueno conocer otras aproximaciones a la vida y el mundo que nos rodea, ya sea compartiendo unos mates entre argentinos, uruguayos o paraguayos, observando la sala de oración en silencio o colocando un incienso en un templo chino. 

Atentos veganos

La estructura del aeropuerto de Doha es muy sencilla a pesar de sus dimensiones titánicas. Hay un Hub central en forma circular con una gran bóveda. Esta área es fácil de encontrar y difícil de olvidar porque tiene una colosal estatua de un monstruoso oso de peluche atravesado por una ciclópea lámpara de escritorio. Tras que el oso de peluche no es especialmente agraciado, el hecho de que esté “empalado” en una lámpara le da un cierto aspecto tétrico que queda grabado a fuego en la memoria. 

A partir del descomunal oso, hay 3 brazos donde se encuentran todas las puertas de embarque. Si uno se dirige hacia el brazo C, entre las puertas de embarque 9 y 10, hay una tienda de productos veganos con muy buenos precios y deliciosos platos. Además de ser veganos, cuentan con una interesante variedad de frutas frescas y frutos secos que son un buen complemento para el viajero. La ensalada de quinoa y palta y los rolls de verdura son especialmente recomendables. De hecho, al pasar por países árabes siempre es recomendable pedir un “pot” de ensalada, incluso los menos amantes de las ensaladas encontrarán verdaderas delicias con exóticas salsas regionales y gratos falafeles. 

El primer hincha argentino en Qatar 2022

Luego de la demostración de los falsos barras bravas qataríes, no me quedaron dudas de que el país se está preparando para el inminente Mundial de Fútbol. En un movimiento planificado desde Buenos Aires, pasé al baño y cambié mi remera roja por una camiseta de la selección argentina de fútbol, con la cual pasé gran parte de la espera. Aunque pronto comencé a notar que más gente miraba y alguno intentaba tomar una foto de forma disimulada, nadie me dijo nada ni pidió tomarse una foto conmigo (algo que siempre espero desde mi experiencia en China, donde es fácil transformarse en un rockstar con decenas de personas tomando fotos). De las 8 horas que estuve en el aeropuerto, caminando de un lado a otro y disfrutando de sus servicios, no vi a nadie con camisetas de fútbol, si obviamos a los “falsos barras bravas”, cuyas camisetas imitaban camisetas de fútbol, pero no representaban a ningún país en particular.

Una de mis ideas era visitar alguna tienda de productos del mundial que, aunque no soy un gran fanático del fútbol, como se dice “la cabra siempre tira para el monte” y estaré allí para alentar a cualquier deportista argentino que participe en competencias internacionales. Tras recorrer todo el aeropuerto, casi sin dejar rincones por caminar, encontré una tienda de ropa deportiva que tenía el conjunto deportivo de la selección qatarí, en la que no estaba especialmente interesado, y una tienda de recuerdos del mundial. Para mi sorpresa la tienda del mundial no estaba terminada, estaba completamente vacía y en construcción, solo distinguible por su cartel principal. Fue una pena no poder adquirir algún pin o un peluche de La'ebb, la mascota oficial del mundial. 

La'ebb es muy popular en Argentina, ya que no pocas personas han señalado su gran parecido con el "Fantasma de la B", una simpática burla con la que los hinchas de Boca le recuerdan a los de River el día en que descendieron de categoría a la B nacional.

Tierras exóticas

Una de las bellezas del aeropuerto de Qatar es la variedad de personas que nos reunimos en ese punto como zona de distribución. Entre los viajeros había personas de todo tipo, más fáciles de distinguir por sus ropas que por su aspecto físico y sus lenguas. Había hombres y mujeres vestidos con las ropas árabes más variopintas que se puedan imaginar. Aquí no soy especialista en Medio Oriente y no era capaz de distinguir si esta diversidad se debía a las tradiciones de personas de diferentes países árabes, cada uno con sus costumbres y particularidades, o si Qatar es una tierra étnicamente rica con esta diversidad de pueblos reunidos en un pequeño territorio. A diferencia de otros aeropuertos de intercambios en los que he estado, era especialmente notorio como los europeos, norteamericanos y latinoamericanos representábamos una minoría. 

Había personas de las regiones de India y Pakistán, distinguibles por sus ropas coloridas. Al ser esta región tan étnicamente diversa podía observarse una gran cantidad de fenotipos indios, acompañados de todo tipo de ropajes, que a veces daban muestras de corresponderse con diferentes religiones entre las que también había musulmanes. En particular me llamó la atención la gran cantidad de unos altos hombres de piel morena, con largas barbas y bigotes puntiagudos, que vestían con elevados turbantes de colores. La visión me teletransportó a la Colonia Británica de India y los cipayos, soldados indios reclutados de manera forzosa para servir como carne de cañón en las Guerras del Opio en China. Su aspecto físico y parte de sus ropas recordaban a aquellos soldados, y eran distinguibles de una película de época o una pintura tan solo por estar bebiendo un café de Starbucks o tomándose una foto con sus teléfonos móviles.

Los africanos eran también muy comunes en el aeropuerto, y como todos, los había que vestían ropas que rápidamente recordaban a sus tierras. Frente a tanta diversidad cultural se podría realizar alguna reflexión sobre cómo existe un mundo fuera del “mundo occidental” que nos resulta exótico y llamativo, que puede asustarnos por desconocimiento pero que siempre nos atrae. Y luego me di cuenta de que había gente que golpeaba en el hombro a sus familiares y amigos y me señalaban cuando creían que no estaba mirando, porque el exótico era yo, un latinoamericano vestido con poncho y camiseta argentina, algo que con los europeos y norteamericanos nadie hacía, al igual que no lo hacían con los árabes. En estos momentos, uno comprende que algunas divisiones del mundo no tienen sentido y que Latinoamérica, como África, Medio Oriente o China, tienen una identidad propia que no resiste la clasificación binaria de “occidental – oriental”. Si tienen dudas, pueden preguntarle a cualquier residente de la República Oriental del Uruguay, único lugar donde encontrarán el verdadero orientalismo entre mate y mate. 

Numismática

En las tiendas de todo el aeropuerto se puede abonar en dólares y el vuelto será entregado también en la misma moneda. Esto es una ventaja si uno quiere evitarse los problemas de conversión y de empezar a acumular una moneda extranjera, pero para los amantes de llevarse como recuerdo algún billete o moneda es una gran decepción. Para estos últimos, recomiendo cambiar unos pocos dólares en alguna de las múltiples casas de cambio, y comprar algunas cosas para obtener algunos billetes de baja denominación. Por desgracia, prácticamente no hay nada que en reales qataríes que consiga que a uno le den monedas como vuelto. Tras hacer varias compras y buscar un poco, decidí pedir amablemente que me cambiaran algunas monedas para recuerdo en la tienda vegana. La dependienta me explicó que no tenían monedas, porque nunca las usan en el aeropuerto, pero amablemente me regaló 2 monedas iguales de su bolsillo, como no podía ser de otra forma, le di un billete qatarí, ya que no podía aceptar semejante regalo de un desconocido. Lamentablemente, mis monedas y billetes argentinos se encontraban en la maleta despachada, porque si no, además, habría entregado alguna moneda criolla en señal de agradecimiento. A los que gusten de llevarse alguna moneda o billete como recuerdo de sus viajes, les recomiendo llevar siempre encima alguna moneda de su país, aunque sea alguna moneda de baja denominación o fuera de circulación, para regalar a las amables personas que uno encuentra en viaje en señal de amistad.

Alrededor de unos 45 minutos antes de la hora de abordar y con un café en mano me dirigí a la oficina de cambios para cambiar los reales qataríes que me sobraban. El trámite de cambiar monedas en Qatar es bastante extenuante, con un oficinista que realiza muchas preguntas y coteja todos los datos antes de cambiar las monedas. Esto es algo muy bueno, porque se toman en serio la transacción para evitar monedas falsas o lavado de dinero, pero se antoja un poco pesado cuando las transacciones son por menos de 100 dólares. A pesar de ser ya de madrugada, el aeropuerto estaba más vivo que en todo el día, con miles de pasajeros de un lado a otro y, por desgracia, haciendo la fila para cambiar monedas. Tras esperar 15 minutos y constatar que la fila no avanzaba, decidí llevarme conmigo los últimos reales qataríes para futuros viajes entre China y Latinoamérica vía Medio Oriente, donde la moneda es fácil de cambiar, o como una moneda que intercambiar con coleccionistas chinos. A quienes deseen realizar esta transacción para llevarse algún billete de recuerdo, recomiendo realizar nuevamente el cambio de moneda con mucho tiempo de antelación una vez conseguidos los billetes deseados y luego continuar el resto de las transacciones en dólares.

Rumbo a Corea

Tras la amena espera en el hermoso aeropuerto de Qatar, por fin llegó el momento de abordar el último gran vuelo de todo el viaje rumbo a Corea. Como ya narré en la anterior entrega de este diario de viaje, fue una gran oportunidad para disfrutar del cine chino y tomar un buen descanso para los 4 ajetreados días que me esperaban en Corea, descubriendo un país nuevo, realizando un gran número de PCRs y teniendo un problema que casi truncó por completo la expedición, aunque para descubrirlo deberán leer el próximo diario de viaje. 

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1 comentario

  1. ¡¿Qué pasó?! Espero con ansia leer la 4a entrega. Muy interesante, muy bien narrada la odisea

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