" El retorno del dragón. La belleza de una gramática del silencio

El retorno del dragón. La belleza de una gramática del silencio

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Cualquier estudiante hispanohablante que se enfrente por primera vez al estudio de la lengua china experimenta, tarde o temprano, una mezcla de alivio y desconcierto. Alivio, porque descubre que no existen las conjugaciones verbales, ni la concordancia de género, ni las declinaciones que torturan a quienes aprenden latín o alemán. Desconcierto, porque esa "ausencia" de marcas gramaticales explícitas suele interpretarse erróneamente como una falta de estructura, una vaguedad inherente o, en el peor de los casos, una simplicidad primitiva.

Es común escuchar en las aulas la idea de que el chino es una lengua "telegráfica" o "tarzánica", donde el contexto lo es todo y la gramática es casi inexistente. Sin embargo, esta percepción aparentemente inofensiva tiene una raíz histórica profunda y oscura. Lo que hoy percibimos como una característica tipológica curiosa ("el chino es una lengua aislante"), en el siglo XIX fue el fundamento pretendidamente científico para construir una jerarquía racial y cultural.

Antes de que Edward Said definiera el orientalismo como la construcción de un "otro" exótico para justificar el dominio occidental, la lingüística europea ya había hecho su parte. No necesitó cañoneras ni tratados desiguales; le bastó con analizar la sintaxis. Al observar que el chino carecía de la flexión morfológica de las lenguas indoeuropeas (como el griego o el sánscrito), los eruditos decimonónicos no vieron una diferencia: vieron una carencia. Y concluyeron que una lengua que no "evolucionaba" hacia la complejidad gramatical europea solo podía pertenecer a una civilización fosilizada en la infancia de la humanidad.

Exploraremos cómo la gramática se convirtió en ideología, y cómo este orientalismo lingüístico no solo justificó el colonialismo, sino que terminó convenciendo a los propios intelectuales chinos de que su lengua necesitaba una "reforma" radical para entrar en la modernidad. A este último fenómeno lo podemos denominar "sinologismo".

El darwinismo gramatical: una jerarquía de razas y lenguas

Durante el auge del colonialismo europeo en el siglo XIX, la lingüística no fue inmune al clima intelectual del darwinismo social. El lingüista alemán August Schleicher, influido por las teorías evolutivas de la época, propuso que las lenguas, al igual que las especies biológicas, nacían, crecían y morían, o bien, evolucionaban hacia formas superiores.

Schleicher, formalizando una tipología previa de August von Schlegel, estableció una trinidad jerárquica que casualmente colocaba a Europa en la cima.

Para comprender la violencia de esta clasificación, primero debemos entender qué observaban (y qué decidieron ignorar) estos lingüistas. El modelo de Schleicher, heredero de la obsesión clasificatoria de la botánica y la zoología, ordenaba las lenguas según cómo estas construían sus palabras, estableciendo una analogía directa con la complejidad biológica:

1. El estadio "primitivo": las lenguas aislantes. En la base de la pirámide evolutiva situaron al chino. La característica definitoria aquí es la invariabilidad de la palabra. En una lengua aislante, cada palabra es una isla, un bloque monolítico que no acepta prefijos, sufijos ni cambios internos. Para un europeo del siglo XIX, acostumbrado a que las palabras "cambiaran" para indicar tiempo o género, esto parecía una pobreza gramatical, una falta de cohesión.

Si en español decimos "comí" (fusionando la acción, el pasado y la primera persona), en chino se dice 我吃 wǒ chī ("yo" y el verbo "comer"). Para indicar el pasado, no se altera el verbo, sino que se añade una partícula externa: 我吃了 wǒ chī le. Para Schleicher, esto era el equivalente lingüístico de un organismo unicelular: simple yuxtaposición de elementos sin "vida" interna.

2. El estadio "mecánico": las lenguas aglutinantes. Un escalón más arriba colocaron a lenguas como el turco, el japonés o el finés. Aquí las palabras sí crecen, pero lo hacen "pegando" piezas claramente diferenciables (morfemas) una detrás de otra, como vagones de un tren.

Tomemos el verbo japonés "comer" (食べる taberu). La raíz es tabe-. Si queremos añadir matices, simplemente enganchamos sufijos uno tras otro de forma lineal:

Si queremos decir "hacer comer" (causativo), añadimos el vagón -sase: tabe-sase.

Si queremos decir "ser obligado a comer" (pasivo), añadimos el vagón -rare: tabe-sase-rare.

Si queremos decir que esto ocurrió en el pasado, añadimos el vagón -ta.

El resultado final es una palabra larga y segmentable: tabesaserareta (食べさせられた, "fui obligado a comer").

Aunque este sistema es de una precisión lógica envidiable, para lingüistas como Schleicher era defectuoso por ser demasiado transparente. Argumentaban que, al poder separar las piezas con un guion mental (tabe-sase-rare-ta), la palabra carecía de una verdadera unidad vital. La veían como una construcción artificial, una simple suma mecánica de partes, inferior a la "química" misteriosa de las lenguas europeas.

3. La "cúspide" de la civilización: las lenguas flexivas. En la cima, coincidencialmente, colocaron a su propia familia lingüística: el indoeuropeo (sánscrito, griego, latín, alemán). La "magia" de la flexión reside en que la raíz de la palabra se transforma o se fusiona con sus terminaciones de manera inseparable.

En la palabra latina amavissent ("hubieran amado"), la raíz, el tiempo, el modo y la persona están tan integrados que forman una unidad orgánica indisoluble. Para el romanticismo alemán, esta capacidad de síntesis reflejaba un "espíritu nacional" (Volksgeist) más complejo, capaz de pensamiento abstracto y filosofía elevada.

Esta clasificación no era inocente. Bajo esta lógica, el chino no era simplemente una lengua distinta; era una "lengua infantil". Se argumentaba que la mente china, al igual que su gramática, operaba mediante la simple adición de imágenes concretas, incapaz de la abstracción y la síntesis que permitía la flexión europea. La gramática se convertía así en el diagnóstico de una supuesta inmadurez civilizatoria.

Como señala Louis-Jean Calvet, al describir las lenguas de los pueblos colonizados como "sublenguas", se prescribía una solución política: para acceder a la modernidad, a la ciencia y a la filosofía, estos pueblos debían abandonar sus herramientas "primitivas" y adoptar la lengua del colonizador.

La trampa de la modernidad: el orientalismo internalizado

Lo más fascinante y trágico de este proceso no es solo la imposición externa, sino cómo fue recibido dentro de China. La hegemonía del discurso eurocéntrico fue tal que, a principios del siglo XX, la intelectualidad china comenzó a mirarse a sí misma a través de estos ojos ajenos.

En el periodo del 新文化运动 Xīn Wénhuà Yùndòng, Movimiento por la Nueva Cultura, figuras centrales como 陈独秀 Chén Dúxiù y 胡适 Hú Shì no rechazaron de plano la crítica europea. Por el contrario, en su afán desesperado por salvar a la nación y modernizarla, aceptaron el diagnóstico de que el chino tradicional era un lastre.

Su lucha por reemplazar el chino literario 文言文 wényánwén por la lengua vernácula 白话文 báihuàwén fue revolucionaria y necesaria para democratizar el conocimiento. Sin embargo, a menudo partía de una premisa dolorosa: la internalización de que su propia tradición escrita era "deficiente" comparada con las lenguas flexivas. Como sugiere 顾明栋 Gù Míngdòng en su teoría del sinologismo, incluso la resistencia china operó, paradójicamente, dentro de los marcos epistemológicos creados por Europa.

La belleza de una gramática del silencio

Lejos de ser un "fósil" incapaz de abstracción, la lengua china se revela hoy ante nosotros como un sistema de una elegancia y una economía sorprendentes. Donde el lingüista del siglo XIX veía carencia, el hablante y el estudioso contemporáneo descubren su potencia expresiva.

La belleza del 汉语 hànyǔ no reside en la arquitectura rígida de sus oraciones, sino en su fluidez líquida. Es una lengua que confía en la inteligencia de quien escucha; una gramática que no necesita atornillar cada palabra con desinencias obligatorias porque privilegia el contexto, la sugerencia y el ritmo. Es lo que en la estética clásica se conoce como 意境 yìjìng, esa capacidad de evocar un universo mental vasto con los trazos mínimos indispensables.

Afortunadamente, los tiempos de la autocrítica destructiva en China han quedado atrás. Tras un siglo XX traumático donde se llegó a proponer la abolición de los caracteres para "salvar al país", la China contemporánea ha abrazado con fervor su herencia lingüística. Hoy, los caracteres no se ven como un obstáculo para la modernización digital, sino como el ancla identitaria de una civilización que ha sabido navegar la tormenta sin perder su alma. El resurgimiento de los estudios nacionales o 国学 guóxué y la vibrante poesía contemporánea demuestran que la lengua está más viva que nunca, reivindicando su derecho a narrar el mundo desde sus propios parámetros, sin pedir permiso a la sintaxis indoeuropea.

Fuera de China, el camino es más lento, pero el horizonte se aclara. Aunque todavía persisten estereotipos sobre su "imposible dificultad", cada vez son más las voces académicas y literarias que se acercan al chino no como un código enigmático que hay que descifrar, sino como un sistema filosófico alternativo que hay que habitar. Queda mucho por hacer para descolonizar totalmente nuestra mirada, es cierto. Pero el primer paso ya está dado: hemos dejado de juzgar al chino por lo que le falta para empezar a maravillarnos por todo lo que, en su sublime silencio gramatical, nos ofrece.



Calvet, Louis-Jean (2005). Lingüística y colonialismo: breve tratado de glotofagia. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Crystal, David (2005). The Stories of Language. Londres: Penguin.

Dirlik, Arif (1996). "Chinese History and the Question of Orientalism". History and Theory, 35(4), 96-118.

Errington, Joseph (2008). Linguistics in a Colonial World: A Story of Language, Meaning, and Power. Oxford: Blackwell.

Gu, Ming Dong (2013). Sinologism: An Alternative to Orientalism and Postcolonialism. Londres: Routledge.

Kaske, Elisabeth (2008). The Politics of Language in Chinese Education, 1895-1919. Leiden: Brill.

Liu, Lydia H. (1995). Translingual Practice: Literature, National Culture, and Translated Modernity—China, 1900-1937. Stanford: Stanford University Press.

Said, Edward W. (1978). Orientalism. Nueva York: Pantheon Books.

Schleicher, August (1863). Die Darwinsche Theorie und die Sprachwissenschaft. Weimar: H. Böhlau.




Díaz, M. E. y Torres, L. N. (10 de febrero de 2026). El retorno del dragón. La belleza de una gramática del silencio. China desde el Sur. https://www.chinadesdeelsur.com/2026/02/el-retorno-del-dragon-la-belleza-de-una.html

 

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