El arquitecto que quiso reconstruir el Edén
En 1669, la imprenta londinense de Nathanael Brook publicó un volumen de título tan ambicioso como insólito: An Historical Essay Endeavoring a Probability That the Language of the Empire of China is the Primitive Language ("Ensayo histórico que procura demostrar la probabilidad de que la lengua del Imperio de China sea la lengua primitiva"). Su autor, John Webb (1611–1672), no era un misionero jesuita ni un estudioso de la lengua china. Era un arquitecto inglés, discípulo y heredero de Inigo Jones, que había dedicado buena parte de su actividad intelectual al estudio de la arquitectura y de las antigüedades. Su interés por Stonehenge y por la posibilidad de reconstruir sus proporciones y su función originales revela una preocupación que también estará presente en su obra sobre China: la búsqueda de formas primitivas que el paso del tiempo había ocultado.
Webb no había estado nunca en China y no conocía una sola palabra de chino. Su Historical Essay no fue, por tanto, una investigación lingüística basada en el conocimiento directo de la lengua, sino una tentativa histórica construida a partir de la Biblia, de comentarios bíblicos y, sobre todo, de los relatos que habían comenzado a llegar a Europa a través de los misioneros jesuitas. Esta circunstancia no impidió que Webb produjera una de las primeras exposiciones sistemáticas de la lengua china publicadas en Europa, pero sí determina el carácter de su argumentación: su problema fundamental no era describir el chino según criterios lingüísticos, sino determinar qué lugar ocupaba dentro de la historia universal narrada por el Génesis.
La cuestión se había vuelto especialmente urgente a mediados del siglo XVII. Las noticias sobre la extraordinaria antigüedad de la civilización china parecían entrar en tensión con las cronologías bíblicas que situaban la creación del mundo y el Diluvio en un pasado mucho más reciente. La obra de Martino Martini, Sinicae historiae decas prima (1658), desempeñó un papel particularmente importante en esta discusión, porque ofrecía a los lectores europeos una síntesis de la historia china basada en los anales tradicionales. Para Webb, sin embargo, la solución no consistía en rechazar la antigüedad china. Si los testimonios procedentes de China eran dignos de crédito, había que encontrar una manera de incorporarlos a la historia sagrada.
La hipótesis resultante era extraordinaria: China podía haber sido poblada antes de la dispersión de las naciones y, por consiguiente, sus habitantes podían haber conservado elementos de la humanidad primitiva que el resto del mundo había perdido. La antigüedad de China dejaba así de constituir una objeción a la cronología bíblica y pasaba a convertirse en un argumento a favor de su excepcionalidad.
El arca y el extremo oriental del mundo
El paso siguiente consistía en resolver un problema geográfico. El Génesis afirma que, después del Diluvio, el arca reposó "sobre los montes de Ararat" (Génesis 8:4). Webb cuestionaba que esta referencia tuviera que identificarse necesariamente con el monte Ararat de Armenia. El término podía designar una región montañosa más extensa y, apoyándose en las autoridades geográficas e históricas disponibles en su época, Webb trató de desplazar hacia Oriente el escenario de los acontecimientos posteriores al Diluvio.
Esta interpretación adquiría especial interés cuando se la relacionaba con las tradiciones chinas sobre el gran desastre de las aguas asociado al reinado de 尧 Yáo. Las fuentes jesuitas habían llamado la atención de los europeos sobre las semejanzas entre la tradición bíblica del Diluvio y los relatos chinos de una inundación primordial. Webb encontró en ellas un argumento que permitía relacionar la historia china con la narración del Génesis. No se trataba simplemente de afirmar que dos pueblos poseían relatos semejantes sobre una inundación: para Webb, esas semejanzas podían conservar el recuerdo de un mismo acontecimiento histórico. La interpretación de estas correspondencias se apoyaba, entre otros elementos, en las noticias transmitidas por Martino Martini.
A partir de esta premisa, Webb pudo situar a los descendientes de Noé en las regiones orientales de Asia. Su razonamiento no consistía en una reconstrucción náutica del viaje del arca, como si pretendiera calcular sus corrientes y vientos, sino en una argumentación histórico-geográfica mucho más característica de la erudición del siglo XVII: si la Escritura situaba el arca en Oriente y las fuentes chinas conservaban recuerdos de una gran inundación, podía existir una continuidad entre ambos relatos. La geografía bíblica y la historia china dejaban de ser tradiciones independientes y podían convertirse en dos testimonios de una misma historia primordial.
Esta hipótesis permitía además responder a una cuestión que había adquirido una importancia creciente en la Europa del siglo XVII: cómo explicar el origen de la población china sin recurrir a una cronología que situara su civilización demasiado tarde. Webb rechazó, en particular, la explicación de Athanasius Kircher, quien había relacionado la población de China con los descendientes de Cam. Para Webb, los chinos pertenecían a la descendencia de Sem y habían recibido directamente de Noé el legado de la humanidad anterior a Babel.
Una humanidad que no pasó por Babel
La clave de toda la argumentación se encuentra, sin embargo, en Babel. Según el Génesis, antes de la dispersión "toda la tierra tenía una sola lengua" (Génesis 11:1). La construcción de la torre de Babel provocó entonces la confusión de las lenguas y la dispersión de los pueblos. Webb podía servirse de este episodio para explicar precisamente aquello que más necesitaba explicar: cómo una lengua primitiva podía haber sobrevivido hasta tiempos históricos.
Su solución consistía en afirmar que la confusión había afectado únicamente a quienes se encontraban en Babel. Los descendientes de Noé que ya habían partido hacia las regiones orientales no habrían participado en la construcción de la torre y, por tanto, no habrían recibido el castigo de la confusión lingüística. Como resume Peter Harrison al reconstruir el argumento de Webb, Noé habría llevado consigo al arca la lengua primitiva y sus descendientes habrían poblado las regiones orientales, incluida China; al no haber llegado a Babel, los chinos habrían quedado fuera de la confusión de las lenguas.
La consecuencia era decisiva. Si los habitantes de China no habían sufrido la confusión de Babel, la lengua que hablaban podía ser la misma lengua que había utilizado la humanidad antes de la dispersión. Webb no necesitaba demostrar que el chino procedía históricamente de una lengua hebrea o semítica; necesitaba demostrar algo mucho más radical: que el chino había quedado fuera del proceso de diferenciación que había producido las demás lenguas del mundo.
La tesis queda condensada en el propio título de la segunda edición, publicada después de la muerte de Webb en 1678: The Antiquity of China, or an Historical Essay, Endeavouring a Probability that the Language of the Empire of China is the Primitive Language Spoken Throughout the Whole World Before the Confusion of Babel. ("La antigüedad de China, o ensayo histórico que intenta demostrar la probabilidad de que el idioma del Imperio de China sea la lengua primitiva hablada en todo el mundo antes de la confusión de Babel.") La ampliación del título hace explícita la idea que estaba en el centro de su proyecto: el chino era presentado como la lengua que se hablaba en todo el mundo antes de la confusión de Babel.
Yao, Janus y Noé
Una vez establecida esta hipótesis, Webb necesitaba relacionar la historia bíblica con los nombres concretos de los antiguos soberanos chinos. En un primer momento consideró distintas posibilidades, entre ellas 伏羲 Fúxī y 盘古 Pángǔ, pero su identificación más importante fue otra. A partir de la forma Jaus o Yaus, utilizada por autores europeos para transcribir el nombre de 尧 Yáo, Webb estableció una conexión etimológica con Janus y, a través de esta figura, con Noé. La identificación de 尧 Yáo con Noé constituye uno de los rasgos más característicos de su teoría.
El argumento puede parecer hoy extremadamente forzado, pero responde a una concepción de la filología muy diferente de la moderna. En el siglo XVII todavía no existía el método comparativo que permitiría distinguir sistemáticamente entre parentescos lingüísticos y semejanzas accidentales. Los nombres antiguos podían interpretarse como vestigios deformados de una misma tradición, y las coincidencias entre relatos históricos o mitológicos podían utilizarse como indicios de un origen común. Webb combinó de este modo la semejanza nominal entre Jaus y Janus con una serie de correspondencias entre las tradiciones relativas a 尧 Yáo y Noé.
Entre esas correspondencias ocupaba un lugar importante la tradición china de una gran inundación durante el reinado de 尧 Yáo. Webb veía en ella un recuerdo del Diluvio bíblico y, por tanto, un argumento para identificar al soberano chino con el patriarca. La cronología y las genealogías adquirían así una nueva función: ya no se trataba solamente de establecer qué tan antigua era China, sino de argumentar que sus antiguos soberanos podían corresponder a figuras de la historia bíblica. La historia china quedaba incorporada a la historia universal del Génesis mediante una compleja red de equivalencias.
La identificación de 尧 Yáo con Noé resulta importante también para comprender el lugar que ocupa 伏羲 Fúxī en la interpretación de Webb. Si el relato del diluvio y la figura de Noé podían ser reconocidos en la tradición china bajo la figura de Yáo, no era necesario identificar igualmente a Fúxī con Noé. Su función en el argumento de Webb era diferente: Fúxī representaba una etapa primordial de la civilización china y aparecía vinculado con la transmisión de conocimientos fundamentales, entre ellos los signos del 河图 Hétú, un diagrama cosmológico asociado a la tradición de los orígenes, y los 八卦 Bāguà, los ocho trigramas que constituyen uno de los elementos fundamentales de la tradición del 易经 Yìjīng. Estos elementos ofrecían a Webb un argumento adicional para presentar la antigua China como depositaria de una sabiduría primordial, anterior a las formas históricas conocidas de la civilización.
Las virtudes de la lengua primitiva
La segunda parte de la argumentación de Webb es propiamente lingüística, aunque esté construida sin conocimiento directo del chino. Si la lengua china era la lengua que había sobrevivido a Babel, era necesario explicar qué propiedades permitían reconocer en ella el carácter de lengua primitiva. Webb encontró esas propiedades en lo que consideraba la simplicidad, la generalidad y la brevedad del chino.
Su descripción del idioma resulta reveladora. Webb sostenía que el chino estaba compuesto esencialmente por monosílabos y destacaba la ausencia de declinaciones, conjugaciones, números, géneros, modos y tiempos gramaticales. Allí donde un gramático moderno habría visto las características estructurales de una lengua analítica, Webb veía la ausencia de las complejidades artificiales que, según él, habían aparecido en las lenguas posteriores a Babel. Para su argumentación, la sencillez gramatical era una señal de antigüedad.
La idea se integraba en una concepción más general de la lengua primitiva. Webb sostenía que el lenguaje concedido a Adán no había sido aprendido progresivamente por los primeros hombres, sino que había sido recibido de Dios desde el comienzo. Por ello debía ser una lengua natural y no artificial, caracterizada por la simplicidad y por una relación particularmente estrecha entre las palabras y las cosas. La lengua china, tal como Webb la reconstruía a partir de los testimonios europeos disponibles, parecía satisfacer esas condiciones.
A esta simplicidad añadía Webb otras cualidades que consideraba propias del chino: su brevedad, su capacidad expresiva y lo que describía como una particular economía del lenguaje. En su razonamiento, estas características no eran simplemente curiosidades de una lengua extranjera. Eran indicios de que el chino había conservado un estado lingüístico anterior a las transformaciones históricas sufridas por las lenguas posteriores a Babel. De ahí que pudiera afirmar que la "dulzura" y la "brevedad" del chino constituían argumentos a favor de su carácter primitivo.
Los caracteres como memoria de la humanidad primitiva
La escritura china ofrecía a Webb una dificultad y, al mismo tiempo, una oportunidad todavía mayor. ¿Cómo podía una lengua conservarse durante milenios sin sufrir las transformaciones que habían afectado al resto de las lenguas humanas? La respuesta se encontraba, según él, en los caracteres.
Los europeos del siglo XVII todavía discutían intensamente la naturaleza de la escritura china. Una de las ideas que circulaban con mayor fuerza era que los caracteres no representaban primordialmente sonidos, como las letras de los alfabetos europeos, sino conceptos o cosas. Webb incorporó esta concepción a su argumento: una escritura de este tipo podía conservar los significados con independencia de las variaciones producidas en la pronunciación. La estabilidad de los caracteres explicaría, por tanto, la extraordinaria continuidad que Webb atribuía a la lengua china.
La cuestión tenía además una dimensión geográfica. Webb consideraba que el aislamiento relativo de China y el escaso contacto de sus habitantes con otras naciones habían contribuido a preservar sus instituciones y su lengua. La escritura reforzaba ese aislamiento porque permitía transmitir los signos a través del tiempo sin someterlos a las mismas transformaciones que experimentaban las lenguas habladas. Para Webb, la combinación de antigüedad, aislamiento y estabilidad gráfica constituía una explicación de la supervivencia del lenguaje primitivo.
Esta concepción explica por qué los caracteres chinos adquirieron en la Europa del siglo XVII una importancia que excedía ampliamente el interés por aprender la lengua china. Si los caracteres podían representar directamente conceptos, parecían ofrecer una posibilidad que los alfabetos europeos no proporcionaban: una escritura que no dependiera de una lengua hablada determinada. El chino podía aparecer así como una reliquia del mundo anterior a Babel y, al mismo tiempo, como una posible clave para superar la diversidad lingüística del presente.
De la lengua de Adán a la lengua universal
La hipótesis de Webb debe entenderse finalmente dentro de un problema intelectual mucho más amplio. Durante los siglos XVII y XVIII, diversos autores europeos buscaron la lengua primitiva de la humanidad o imaginaron sistemas capaces de superar la diversidad producida por Babel. La cuestión tenía una dimensión teológica, porque la lengua de Adán pertenecía al mundo anterior a la dispersión de las naciones, pero también una dimensión epistemológica: si existía una lengua en la que las palabras mantuvieran una relación natural con las cosas, su recuperación podía facilitar el conocimiento de la realidad.
La escritura china adquirió un papel especialmente relevante en estas discusiones porque los europeos del siglo XVII la consideraban una posible clave para reconstruir los orígenes de la humanidad. En China Illustrata (1667), Athanasius Kircher había relacionado los caracteres chinos con los antiguos jeroglíficos egipcios y había propuesto una genealogía que vinculaba la escritura y la civilización de China con tradiciones anteriores. Webb compartía con Kircher la convicción de que los caracteres chinos podían conservar vestigios de una humanidad primordial, pero llegaba a una conclusión muy diferente. No necesitaba hacerlos derivar de Egipto ni de ninguna otra civilización antigua: su valor residía precisamente en su permanencia en China. Si China había quedado al margen de la dispersión de Babel, la continuidad de sus caracteres podía interpretarse como una prueba de que allí se había conservado una tradición escrita anterior a la confusión de las lenguas.
La publicación del Historical Essay se produjo, además, en un momento particularmente significativo. En 1668, John Wilkins había publicado An Essay towards a Real Character and a Philosophical Language, proyecto destinado a construir un sistema universal de signos basado en una clasificación racional de las cosas. Aunque Webb y Wilkins perseguían objetivos diferentes, ambos participaban de una misma inquietud intelectual: la búsqueda de una forma de lenguaje capaz de superar la diversidad de las lenguas históricas. Los caracteres chinos podían parecer relevantes para este proyecto precisamente porque se los consideraba signos capaces de representar ideas sin depender completamente de la pronunciación. La investigación sobre China se encontraba así con una de las grandes utopías lingüísticas de la Europa moderna.
John Webb llevó esta búsqueda hasta una conclusión extraordinaria. China no era para él simplemente una civilización antiquísima cuya cronología había que conciliar con el Génesis. Era el lugar donde podía haberse conservado una parte del mundo anterior a Babel: la memoria del Diluvio, la descendencia de Noé, la continuidad de las instituciones y, sobre todo, la lengua primitiva de la humanidad. Su teoría era históricamente errónea y lingüísticamente insostenible, pero revela hasta qué punto la llegada de nuevos conocimientos sobre China obligó a los europeos a replantearse cuestiones que hasta entonces parecían resueltas por la tradición bíblica.
La paradoja es particularmente sugestiva. Los europeos habían comenzado a estudiar la escritura china como una de las manifestaciones más remotas y enigmáticas de una civilización que acababan de descubrir intelectualmente. En manos de Webb, esa escritura dejó de ser simplemente un objeto de curiosidad: se convirtió en una posible superviviente del mundo anterior a Babel. China podía conservar, allí donde Europa la había perdido, la lengua que alguna vez había hablado toda la humanidad.
Serie temática
Este artículo es una continuación de:
La fractura del tiempo sagrado: cuando los anales del Imperio del Medio desafiaron al Génesis
Frodsham, J. D. (1964). John Webb’s essay on China. Asian Studies, 2(3), 393–410.
Gaukroger, S. (2024). Making sense of the exotic: The differing impact of travel reports in seventeenth- and eighteenth-century thought. Intellectual History Review, 34(4), 705–729.
Harrison, P. (1998). The Bible, Protestantism, and the rise of natural science. Cambridge University Press.
Lee, J. (2022). John Webb’s idealization of Chinese as the primitive language in seventeenth-century England. The Journal of Chinese Character Studies, 32, 203–223.
Martini, M. (1658). Sinicae historiae decas prima. Amsterdam: Joannes Blaeu.
Webb, J. (1669). An historical essay endeavoring a probability that the language of the Empire of China is the primitive language. Printed for Nath. Brook.
Wilkins, J. (1668). An essay towards a real character, and a philosophical language. Printed for Sa. Gellibrand and John Martyn.
Díaz, M. E. y Torres, L. N. (6 de octubre de 2026). El arca varada en Oriente: John Webb y la búsqueda de la lengua adánica. China desde el Sur. https://www.chinadesdeelsur.com/2026/10/el-arca-varada-en-oriente-john-webb-y.html




__Frontispicio__(22629197626).jpg)



