" ¿De qué hablamos cuando decimos "Sur Global"? Una mirada situada desde el Sur latinoamericano

¿De qué hablamos cuando decimos "Sur Global"? Una mirada situada desde el Sur latinoamericano

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La reemergencia de un significante en disputa

Pocas expresiones han colonizado con tanta rapidez las tribunas multilaterales, los documentos de cancillería y el debate académico contemporáneo como la de "Sur Global" (全球南方 quánqiú nánfāng). En un escenario internacional atravesado por la fragmentación del orden unipolar y la reconfiguración de las cadenas de suministro, la noción ha venido a desplazar tanto el vocabulario del "Tercer Mundo" como la condescendencia teleológica implícita en la fórmula de "países en vías de desarrollo". Sin embargo, este desplazamiento no constituye simplemente una sustitución terminológica. Como han señalado Nour Dados y Raewyn Connell, la expresión "Sur Global" desplaza el énfasis desde las categorías de desarrollo y diferencia cultural hacia las relaciones geopolíticas de poder (Dados y Connell, 2012). De ahí que, detrás de su aparente consenso descriptivo, el concepto opere hoy como un verdadero significante en disputa, cargado de densidades políticas e históricas divergentes según la coordenada desde donde se lo enuncie.

Clasificación de la United Nations Conference on Trade and Development (UNCTAD)

En el discurso estratégico de la República Popular China, la adscripción a este espacio no constituye una mera conveniencia coyuntural ni una categorización geográfica estricta. Representa, en cambio, un componente central de su identidad diplomática y doctrinaria. Al definirse reiteradamente como "el mayor país en desarrollo" (最大的发展中国家 zuìdà de fāzhǎnzhōng guójiā) y como miembro natural de este espacio, 北京 Běijīng reivindica una pertenencia histórica vinculada a las luchas de descolonización del siglo XX, al tiempo que articula una narrativa de resistencia frente a las jerarquías del orden internacional. En los foros donde se debaten desde la gobernanza climática hasta la reforma del sistema financiero internacional, el Sur Global funciona para la diplomacia china como un marco de legitimación de demandas orientadas hacia un orden internacional más representativo y multipolar. Conviene, sin embargo, no confundir esta identificación política con una equivalencia material: la posición de China dentro del Sur Global es singular por la magnitud de su población, su capacidad industrial, su peso comercial y su creciente capacidad tecnológica.

Visto desde nuestra propia geografía, el atractivo de esta gramática política es innegable. Para América Latina, cualquier marco conceptual que fracture la hegemonía eurocéntrica, denuncie las inercias poscoloniales y abra márgenes de maniobra frente a los centros tradicionales de poder posee una indudable potencia descolonizadora. La crítica de la colonialidad del poder desarrollada por Aníbal Quijano y, desde otra perspectiva, las propuestas de las epistemologías del Sur de Boaventura de Sousa Santos permiten comprender que la cuestión no remite únicamente a la distribución material del poder, sino también a la capacidad de definir las categorías mediante las cuales interpretamos el sistema internacional. No obstante, es precisamente en este punto de convergencia aparente donde la teoría crítica debe afinar su instrumental y resistir la tentación de la homogeneización.

Si el Sur Global se concibe como un bloque compacto, uniforme y monolítico, corremos el riesgo epistémico de diluir bajo una misma etiqueta realidades materiales que distan de ser equivalentes. ¿Es comparable la posición que ocupa en el sistema internacional una potencia continental que ha consolidado una formidable base manufacturera y disputa posiciones de vanguardia en numerosas tecnologías, con la situación de economías periféricas como las latinoamericanas o africanas, históricamente marcadas por la volatilidad externa y la especialización primario-exportadora? La literatura reciente sobre el concepto de Sur global ha advertido precisamente contra esta tendencia a convertir una categoría político-histórica en una entidad homogénea. Interrogar esta asimetría constitutiva no persigue invalidar la categoría ni debilitar la solidaridad política entre países del Sur; por el contrario, busca rescatar el concepto de la abstracción retórica para dotarlo de espesor histórico y anclaje material desde nuestra propia circunstancia.

La genealogía compartida: del espíritu de Bandung a la armonización de las diferencias

Para comprender la densidad política que hoy reviste el Sur Global, es indispensable desandar el camino hacia sus raíces en el siglo XX. La noción contemporánea no surgió de los laboratorios tecnocráticos de los organismos multilaterales, sino que hunde parte de su genealogía en los procesos de descolonización de posguerra y en la articulación política del llamado Tercer Mundo. Uno de sus hitos fundacionales más importantes fue la Conferencia de Bandung (1955), donde veintinueve países de Asia y África proclamaron que los pueblos recientemente emancipados no debían convertirse en peones prescindibles del tablero de los planes de Bretton Woods en una nueva Guerra Fría. De aquel encuentro y del ulterior surgimiento del Movimiento de Países No Alineados (1961) emergió un principio que continuaría estructurando buena parte de las demandas del mundo poscolonial: la defensa de la soberanía estatal, la autodeterminación y la no injerencia en los asuntos internos frente a las distintas formas de subordinación ejercidas por las grandes potencias.

Fue precisamente en Bandung donde la diplomacia china, encarnada en la figura de 周恩来 Zhōu Ēnlái, hizo de la búsqueda de puntos de convergencia en medio de las diferencias una de las claves de su intervención. En su discurso complementario del 19 de abril de 1955, insistió en que la delegación china había acudido a la conferencia "en busca de la unidad" y que las diferencias ideológicas y políticas existentes entre los participantes no debían impedir la cooperación. La expresión 求同存异 qiútóng cúnyì, "buscar lo común preservando las diferencias" quedó así asociada a la diplomacia china y se convirtió posteriormente en uno de los principios recurrentes de su discurso internacional. 

Sin embargo, conviene distinguir la historia diplomática de la expresión moderna de una genealogía filosófica mucho más antigua. La fórmula 和而不同 hé ér bù tóng aparece en《论语》Lúnyǔ, 13.23: 

君子和而不同,小人同而不和。

Jūnzǐ hé ér bùtóng, xiǎo rén tóng ér bù hé. 

Una noble persona armoniza sin asimilar, mientras que la persona mediocre asimila sin armonizar.

En el pensamiento clásico chino, , armonía, no designa simplemente una ausencia de conflicto, sino una articulación de elementos diferentes que conservan su especificidad; tóng, asimilación, en cambio, remite a la reducción de las diferencias a una identidad común. Por ello, más que afirmar una filiación directa entre la filosofía clásica y la fórmula diplomática de 1955, resulta más preciso señalar que pudo ser posteriormente interpretada dentro de un repertorio conceptual chino en el que la armonía no exige uniformidad.

Trasladado al orden internacional, este principio contiene una intuición de considerable fecundidad: la solidaridad y la convergencia política no exigen la eliminación de las particularidades ni la subordinación a un modelo unívoco de desarrollo. Precisamente por eso, la recuperación contemporánea de Bandung debería implicar no solo la búsqueda de aquello que los países del Sur tienen en común, sino también la capacidad de reconocer las diferencias de posición, intereses y capacidades que existen dentro de ese espacio.

En el escenario contemporáneo, esa genealogía compartida conserva una vitalidad incuestionable. América Latina, aun con sus propias especificidades históricas y sin haber formado parte formal del núcleo afroasiático de 1955, converge con China y con otros países del Sur en diversas demandas asociadas al legado de Bandung: una mayor representación de los países en desarrollo en las instituciones de gobernanza global, la defensa de la soberanía estatal y la crítica a determinadas formas de unilateralismo y coerción económica. En ámbitos como la reforma de las instituciones financieras internacionales, la gobernanza climática o la arquitectura comercial, estas convergencias constituyen una base real para la cooperación.

Existe, por tanto, una genuina comunidad de intereses estratégicos en determinados ámbitos frente a las jerarquías heredadas del orden internacional. No obstante, la potencia del respeto a las diferencias adquiere hoy una valencia crítica inversa pero complementaria: así como en 1955 el imperativo fue hallar el terreno común frente a las fracturas geopolíticas, hoy no habría que confundir la búsqueda de coincidencias con el encubrimiento de las divergencias estructurales que atraviesan a las partes que integran este constructo global.

El nudo gordiano: asimetrías materiales y el riesgo de una nueva periferia

Si bien en el plano de la política internacional y de la crítica a determinadas formas de hegemonía del Norte la convergencia entre miembros del Sur Global resulta significativa, en el terreno estricto de las estructuras productivas y los flujos comerciales emergen fracturas especialmente elocuentes. Es aquí donde el concepto corre el riesgo de volverse una abstracción vacía de significado si no se examina bajo la luz de las condiciones materiales reales de existencia.

En las últimas cuatro décadas, China ha protagonizado una transformación económico-productiva de una magnitud extraordinaria. Ha transitado desde una economía predominantemente agraria hasta constituirse no solo en uno de los principales centros manufactureros del mundo, sino en una potencia industrial dotada de una extraordinaria diversidad de capacidades productivas y tecnológicas. En contraste, buena parte de América Latina ha experimentado procesos de desindustrialización prematura y una persistente especialización en productos primarios. La competencia de las manufacturas chinas ha sido señalada, de hecho, como uno de los factores que han contribuido a las presiones sobre determinadas industrias latinoamericanas, particularmente en países como Brasil (Jenkins y de Freitas Barbosa, 2012).

Esta divergencia estructural engendra una paradoja de hondo calado para la cooperación Sur-Sur. Cuando observamos la matriz del intercambio comercial bilateral entre China y los países de nuestra región, reaparece, aunque bajo nuevas condiciones históricas, un patrón que el pensamiento estructuralista latinoamericano, con Raúl Prebisch y la CEPAL a la cabeza, desentrañó a mediados del siglo XX: la lógica del binomio centro-periferia. La canasta exportadora de numerosos países latinoamericanos hacia China se encuentra fuertemente concentrada en materias primas y productos de escaso procesamiento relativo —soja, mineral de hierro, cobre, petróleo, carne vacuna y litio, entre otros—, mientras que las importaciones procedentes de China incluyen una elevada proporción de bienes manufacturados, maquinaria y equipos. Estudios sobre la relación económica entre ambas regiones han señalado que esta composición presenta varios rasgos característicos de las relaciones centro-periferia (Jenkins, 2012).

No obstante, describir esta estructura como una relación asimétrica no equivale a afirmar automáticamente que China haya sustituido a las antiguas potencias hegemónicas como nuevo centro imperial. El propio Jenkins advierte que, pese al carácter asimétrico de los intercambios, China estaba lejos de constituir una nueva potencia hegemónica en América Latina y que los vínculos de la región con Estados Unidos y Europa continuaban siendo de mayor importancia en numerosos ámbitos. La cuestión, por tanto, no debería formularse en términos de una simple sustitución de un centro por otro, sino en términos de las estructuras económicas que pueden reproducirse independientemente de la intención política de los actores.

Resulta fundamental subrayar esta distinción. La inserción de China en América Latina no replica automáticamente los mecanismos coercitivos ni el condicionamiento ideológico que caracterizaron históricamente el tutelaje de las potencias noratlánticas y de los organismos financieros de Washington. No hay equivalencia entre las relaciones contemporáneas con China y las formas históricas de dominación colonial o imperial. Sin embargo, la lógica del mercado puede cristalizar intercambios asimétricos incluso en ausencia de una política deliberada de subordinación. Si la complementariedad económica se entiende meramente como la satisfacción recíproca de ventajas comparativas estáticas (abastecimiento de recursos naturales a cambio de productos manufacturados), existe el riesgo de que la relación termine reforzando la especialización primario-exportadora latinoamericana.

La cuestión, por consiguiente, no consiste en determinar si China es "buena" o "mala" para América Latina, sino en preguntarnos bajo qué condiciones una relación económica asimétrica puede convertirse en un instrumento de transformación estructural. La misma relación comercial puede producir efectos diferentes dependiendo de las capacidades industriales, tecnológicas e institucionales del socio latinoamericano. El problema no reside solamente en quién ocupa el lugar del comprador o del vendedor, sino en qué tipo de estructura productiva genera el intercambio.

Por ello, plantear con rigor la diferenciación interna del Sur Global no constituye un gesto de desconfianza hacia China ni una concesión a las narrativas de contención emanadas del Norte Global. Es, por el contrario, la advertencia imprescindible de que la solidaridad política no compensa, por sí sola, la asimetría material. Para que el Sur Global sea un espacio genuinamente transformador, la complementariedad debe abandonar el mero esquema de intercambio primario y traducirse en acuerdos estratégicos de transferencia tecnológica, inversión compartida en infraestructura productiva, desarrollo de proveedores locales e integración de capacidades industriales que permitan a América Latina modificar su inserción internacional. Tampoco queremos afirmar que esto dependa totalmente de China: hacerlo significaría reproducir, en otro registro, la misma relación de dependencia que pretendemos superar.

Más allá del dilema binario

Frente a la evidencia de estas asimetrías estructurales, el pensamiento latinoamericano corre el riesgo de quedar atrapado en una falsa encrucijada teórica. Por un lado, acecha la complacencia acrítica: asumir que la pertenencia común al Sur Global disuelve de facto los intereses nacionales en pugna y garantiza, por mera inercia retórica, un desarrollo armónico. Por el otro, asoma la tentación regresiva: sucumbir al discurso disciplinador de los centros de poder tradicionales, cuya advertencia sobre una supuesta «trampa de la dependencia china» puede funcionar no tanto como un programa de industrialización latinoamericana cuanto como un instrumento de competencia geopolítica.

Para quebrar esta trampa binaria, América Latina necesita desempolvar y actualizar una de sus tradiciones intelectuales más fértiles: la teoría de la autonomía en las relaciones internacionales. El concepto de autonomía relacional, formulado por Roberto Russell y Juan Gabriel Tokatlian, resulta particularmente pertinente porque abandona la idea de autonomía como aislamiento o confrontación permanente y la entiende como una capacidad de acción construida dentro de relaciones internacionales complejas (Russell y Tokatlian, 2003). En una línea complementaria, las propuestas contemporáneas de no alineamiento activo han insistido en la necesidad de que los países latinoamericanos amplíen sus márgenes de maniobra sin quedar atrapados en la lógica binaria de una nueva Guerra Fría.

La autonomía en el siglo XXI no debería concebirse como autarquía, aislamiento o confrontación reactiva, sino como la capacidad soberana de un Estado de maximizar sus márgenes de maniobra, diversificar sus alianzas estratégicas y gestionar sus vínculos con las grandes potencias sin quedar subordinado a ninguna de ellas. Precisamente por eso, la autonomía relacional no exige elegir entre Washington y 北京 Běijīng, sino construir la capacidad de negociar con ambos y, cuando sea necesario, con otros centros de poder, desde una definición propia de los intereses nacionales y regionales.

En el marco de los vínculos con China, ejercer una autonomía relacional implica negociar no desde la debilidad fragmentada ni desde la complacencia protocolar, sino desde una visión de desarrollo propio. La considerable capacidad estatal china para planificar a largo plazo constituye una realidad que los países latinoamericanos deben tener en cuenta; pero esa capacidad no determina por sí sola los resultados de la relación. Cuanto mayor sea la densidad institucional, la coordinación regional, la capacidad técnica y la claridad de los objetivos de desarrollo de los países latinoamericanos, mayor será también su capacidad para orientar la cooperación hacia resultados que excedan la mera exportación de recursos naturales. Condicionar determinadas inversiones en litio o energía a la generación de capacidades tecnológicas, establecer mecanismos de contenido local en proyectos de infraestructura o reclamar mejores condiciones de acceso para productos agroindustriales con mayor valor agregado son, en último término, decisiones que corresponden a las propias sociedades y Estados latinoamericanos.

De la retórica unívoca al diálogo policéntrico

El Sur Global será una herramienta teórica fecunda y emancipatoria en la medida en que no se convierta en una nueva ortodoxia homogeneizadora. Su vitalidad histórica no reside en la ilusión de un bloque monolítico sin tensiones, sino en su potencia como espacio de articulación policéntrico, capaz de albergar la heterogeneidad de sus miembros bajo el prisma de la complementariedad y la no subordinación.

Recuperar el espíritu de Bandung y reinterpretar críticamente la máxima de "buscar lo común preservando las diferencias" exige hoy una madurez analítica redoblada. Buscar lo común no significa borrar las diferencias; conservar las diferencias no significa renunciar a la cooperación. Aplicada al vínculo entre China y América Latina, esta lógica implica cultivar la cercanía estratégica allí donde existan intereses compartidos, al tiempo que se reconocen con rigor las brechas materiales, tecnológicas e institucionales que separan a sus economías.

Desde esta perspectiva, el Sur Global no debería entenderse como una comunidad fundada en la semejanza de sus miembros, sino como una comunidad política que puede construirse precisamente a partir de sus diferencias. Su desafío consiste en transformar esa heterogeneidad en capacidad de negociación y cooperación, y no en reproducir dentro del propio Sur las jerarquías que pretende superar. Solo a través de este ejercicio de lucidez situada, donde el Sur periférico afirme su propia voz y sus legítimas urgencias de industrialización, la tan mentada "cooperación de ganancia compartida" (合作共赢 hézuò gòngyíng) podrá dejar de ser una aspiración meramente enunciativa para convertirse en una arquitectura verdaderamente plural, justa y soberana.

 

Acharya, Amitav. 2015. «An IR for the Global South or a Global IR?». Global South Review 2 (2).

Connell, Raewyn. 2007. Southern Theory: The Global Dynamics of Knowledge in Social Science. Cambridge: Polity.

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Jenkins, Rhys. 2012. «Latin America and China—a New Dependency?». Third World Quarterly 33 (7): 1337–1358.

Jenkins, Rhys y Alexandre de Freitas Barbosa. 2012. «Fear for Manufacturing? China and the Future of Industry in Brazil and Latin America». The China Quarterly 209: 59–79.

Prebisch, Raúl. 1949. El desarrollo económico de la América Latina y algunos de sus principales problemas. Santiago de Chile: CEPAL.

Quijano, Aníbal. 2000. «Coloniality of Power, Eurocentrism, and Latin America». Nepantla: Views from South 1 (3): 533–580.

Russell, Roberto y Juan Gabriel Tokatlian. 2003. «From Antagonistic Autonomy to Relational Autonomy: A Theoretical Reflection from the Southern Cone». Latin American Politics and Society 45 (1): 1–24.

Santos, Boaventura de Sousa. 2014. Epistemologies of the South: Justice Against Epistemicide. Boulder: Paradigm Publishers.

Zhou Enlai 周恩来. 1955. «在亚非会议上的补充发言» [Discurso complementario en la Conferencia Afroasiática], Bandung, 19 de abril de 1955.



Díaz, M. E. y Torres, L. N. (6 de septiembre de 2026). ¿De qué hablamos cuando decimos "Sur Global"? Una mirada situada desde el Sur latinoamericano. China desde el Sur. https://www.chinadesdeelsur.com/2026/09/de-que-hablamos-cuando-decimos-sur.html

 

 

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