En su genial ensayo "El idioma analítico de John Wilkins", Jorge Luis Borges nos confronta con la imposibilidad de un orden universal a través de una cita apócrifa que ha fascinado a filósofos y lingüistas por décadas:
Para el lector de la obra, la taxonomía de este Emporio celestial resulta un ejercicio de delicioso absurdo. ¿Cómo conviven en un mismo sistema de pensamiento los "lechones" con los animales "dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello" o aquellos "que de lejos parecen moscas"? La respuesta que subyace al texto es que toda clasificación del universo es, en última instancia, conjetural y dependiente de la cultura que la engendra. No existe un orden natural e intrínseco en las cosas; hay, en cambio, miradas que organizan la realidad.
¿Qué es un clasificador? Para quien no sea estudiante de chino, la idea misma de un "clasificador" puede sonar extraña. En español, para contar cosas individuales, saltamos directamente del número al objeto: "dos sillas" o "tres perros". En chino, esto es gramaticalmente imposible. El idioma exige colocar siempre una palabra intermedia —un clasificador— que funciona como una unidad de contención visual. Es como si el idioma nos obligara a decir, obligatoriamente, "dos unidades de sillas" o «tres unidades de perros".
Ante este panorama, el estudiante suele replegarse en la resignación de la memoria pura, asumiendo estas partículas como un capricho histórico o una redundancia folclórica del idioma. Sin embargo, si perforamos la superficie de la mera regla gramatical y adoptamos una perspectiva histórico-lingüística, descubriremos que los clasificadores chinos distan mucho de ser un catálogo caótico de "perros sueltos" o "animales que acaban de romper un jarrón".
Muy por el contrario, los clasificadores son las huellas fosilizadas de cómo la mente china, a lo largo de los milenios, ha percibido la geometría, la función, la textura y la naturaleza del mundo físico. Comprender su evolución —desde el chino antiguo, donde la lengua prescindía de ellos, hasta su consolidación gramatical— no es solo una necesidad para el estudiante que busca hablar con propiedad; es, fundamentalmente, una invitación a entender cómo el lenguaje le otorga forma y orden a la materia difusa de nuestra realidad.
Arqueología de la palabra
En la antigüedad, el chino contaba de manera directa, muy similar a como lo hacemos hoy en español. Para decir "tres personas" o "cinco caballos", las estructuras más frecuentes eran simplemente el numeral seguido del sustantivo, o bien el sustantivo seguido del numeral. En los textos clásicos encontramos estructuras como:
三马 sān mǎ → "Tres caballos" (Numeral + Sustantivo)
马三 mǎ sān → "Caballos, tres" (Sustantivo + Numeral)
En este horizonte lingüístico, no había ningún carácter intermedia obligatoria. ¿Cómo pasamos, entonces, de esa simplicidad directa al sofisticado sistema actual? La respuesta se encuentra en un fascinante proceso evolutivo que los lingüistas denominan 'gramaticalización': el camino por el cual una palabra con un significado concreto y físico en el mundo real se va desgastando con el uso, pierde su independencia y termina convertida en una mera función gramatical.
El nacimiento de un puente: del objeto a la medida
El motor de este cambio fue la necesidad de precisión y el propio desarrollo de la sociedad china. El proceso comenzó con los llamados "clasificadores de masa" o unidades de medida. Si se quería comerciar con grano, vino o seda, el binomio directo "tres vinos" resultaba ambiguo. Se necesitaba especificar el contenedor o la unidad: "tres copas de vino" o "cinco rollos de seda".
Con el tiempo, este hábito de colocar una palabra puente entre el número y el objeto se extendió de las masas amorfas (como el vino o el arroz) a los objetos individuales y contables. El cambio definitivo se consolidó entre las dinastías 汉 Hàn y el período de las dinastías del Norte y del Sur, transformando por completo la estructura de la frase.
Para entender cómo una palabra concreta se convierte en un engranaje gramatical, analicemos la biografía de tres clasificadores que todo estudiante utiliza a diario:
1) 把 Bǎ: de la acción de empuñar a la geometría del objeto
Originalmente, en chino antiguo, 把 bǎ no era un clasificador, sino un verbo: significaba "asir", "tomar con la mano" o "empuñar". Con el tiempo, los hablantes empezaron a utilizar este verbo para referirse a cosas que se definían, justamente, por ser empuñadas. Decir "un cuchillo" implicaba pensar en "un objeto de los que se asen por el mango". Gradualmente, la acción física del verbo se evaporó; la palabra perdió su autonomía y se fijó en la lengua como un carácter obligatorio para designar no solo cuchillos, sino paraguas, llaves, sillas y cualquier objeto que posea una empuñadura o un soporte donde colocar la mano.
2) 只 / 隻 Zhī: el ave en la mano
En las inscripciones más antiguas, el carácter tradicional 隻 zhī era un pictograma que representaba un ave sostenida por una mano derecha. Su significado original era, textualmente, "un ave". Debido a que las aves suelen cazarse o contarse individualmente, la palabra empezó a usarse de manera recurrente para contar pájaros. De allí, el pensamiento analógico de los hablantes expandió su uso: pasó a designar a uno de los componentes de un par natural (un ojo, una mano, un zapato) y, finalmente, se opacó de tal manera su significado primitivo que hoy es el clasificador general para casi todos los animales pequeños y cuadrúpedos. El ave original desapareció para dejar únicamente la estructura.
3) 个 / 個 Gè: la flecha y el bambú
El clasificador universal por excelencia, 个 gè, tiene un origen que aún debate la paleografía, pero las evidencias apuntan a que originalmente representaba una sección o nudo de bambú, o bien el tallo de una flecha (flechas que se guardaban y contaban individualmente en los carcajes). Al ser el bambú una planta segmentada en unidades idénticas y discretas, la palabra pasó de significar "un trozo de bambú" a denotar "una unidad genérica". Su éxito fue tan rotundo que terminó por absorber las funciones de otros clasificadores más específicos, convirtiéndose en el comodín de la lengua moderna.
Mapas mentales en la gramática
Si la evolución histórica nos demuestra cómo las palabras concretas se transformaron en herramientas de organización, la lingüística cognitiva nos revela el criterio detrás de esa organización. Al usar un clasificador, el hablante de chino no está cumpliendo con un mero trámite sintáctico; está realizando, de manera automática e inconsciente, un ejercicio de categorización del mundo.
A mediados del siglo XX, los lingüistas Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf postularon que la estructura de un idioma influye en la manera en que sus hablantes conceptualizan la realidad. En el caso del chino, los clasificadores individuales constituyen uno de los ejemplos más sugerentes para explorar esa relación entre lengua y categorización. No clasifican a los objetos por lo que son en un sentido taxonómico abstracto (como "mamífero", "mueble" o "prenda de vestir"), sino por cómo se perciben físicamente: su geometría, su consistencia o su relación con el cuerpo humano.
Para la mente subyacente a la lengua china, el universo se organiza a través de prototipos visuales y táctiles. Analicemos tres de los grandes ejes geométricos que estructuran este pensamiento:
4) La línea y la flexibilidad: el dominio de 条 tiáo
Uno de los primeros tropiezos del estudiante es comprender por qué un río, un pantalón, un pez y un perro comparten el mismo clasificador: 条 tiáo. Desde una perspectiva ajena la lengua china, estos elementos pertenecen a reinos completamente disociados. Sin embargo, el puente cognitivo aquí es la línea sinuosa y flexible.
El carácter 条 tiáo originalmente representaba la rama delgada y flexible de un árbol.
Por analogía visual, todo objeto cuya longitud predomine sobre su ancho y que, además, presente una naturaleza ondulante o maleable, es atraído por este prototipo.
Un río dibuja una línea sinuosa en el mapa; un pez se desplaza mediante un movimiento ondulatorio; un pantalón es una prenda larga y caída; y un perro (a diferencia de un caballo o un buey, que son percibidos como volúmenes macizos) se asocia históricamente a la silueta alargada, flexible y ágil de su lomo.
Al usar 条 tiáo, la lengua nos obliga a priorizar la forma y el movimiento por sobre la distinción entre lo vivo y lo inanimado.
5) La superficie y la extensión: el despliegue de 张 zhāng
El clasificador 张 zhāng se emplea hoy para contar hojas de papel, mesas, camas, boletos de tren y rostros. ¿Cuál es el rasgo común que unifica una mesa de madera con una delgada hoja de papel o con las facciones humanas?
La respuesta está en su etimología física: el carácter está compuesto por el radical de "arco" (弓 gōng) y el carácter de "largo" o "expandir" (长 cháng). Originalmente, 张 zhāng significaba "tensar un arco", un acto que implica extender una cuerda para cubrir una distancia. De la acción de tensar se derivó conceptualmente la noción de extensión plana, de una superficie que se despliega o se ofrece a la vista. Una hoja de papel es una superficie extendida; una mesa o una cama se definen por la planicie que ofrecen; y el rostro (脸面 liǎnmiàn) es, literalmente, la "superficie" expuesta de la cabeza.6) El volumen y la solidez: la estabilidad de 座 zuò
Frente a la delgadez de la línea o la planicie de la superficie, el idioma reserva el clasificador 座 zuò (cuyo carácter incluye el componente de "asiento" o "base" bajo un techo) para estructuras de gran envergadura física: montañas, edificios, puentes, colinas o estatuas monumentales. El criterio aquí no es meramente el tamaño, sino la inmovilidad y la fijeza en el espacio. Todo objeto que se asiente sobre la tierra con un peso imponente y una base firme demanda este clasificador, recordándole al hablante la fijeza del paisaje.
La flexibilidad poética del sistema
Esta categorización cognitiva no es una prisión rígida; es una herramienta expresiva. Al cambiar el clasificador de un objeto, el hablante puede alterar por completo cómo el oyente debe percibirlo. Si nos referimos a un cuchillo usando su clasificador natural, 把 bǎ, enfatizamos su uso práctico (el mango). Pero si un escritor describe ese mismo cuchillo en una novela utilizando 道 dào (clasificador asociado a destellos, rayos de luz o líneas divisorias), la atención del lector se desplaza instantáneamente del mango de madera al brillo letal de la hoja acerada.
Es aquí donde regresamos a Borges y su Emporio celestial. La enciclopedia borgeana nos parecía absurda porque sus categorías eran caprichosas y carecían de un hilo conductor perceptivo. Los clasificadores del chino, en cambio, operan bajo una rigurosa estética de la experiencia humana. No clasifican el mundo según la biología o la física de laboratorio, sino según la fenomenología de nuestro propio cuerpo: cómo tomamos las cosas con la mano, cómo se extienden ante nuestros ojos o cómo se elevan frente a nosotros.
Dos tipos de clasificadores
Para el estudiante de chino, dominar la taxonomía de 条 tiáo o 张 zhāng es solo el primer paso. El verdadero salto cualitativo en la comprensión de la lengua ocurre cuando se aprende a distinguir entre dos formas radicalmente distintas de organizar la realidad: los clasificadores individuales propiamente dichos (个体量词 gètǐ liàngcí) y los clasificadores de masa o mensurativos (度量词 dùliàngcí).
Esta frontera técnica suele ser el territorio donde los estudiantes se confunden, pero también donde descubren que el chino y el español no son mundos tan distantes como parecen.
Clasificadores de masa: el orden impuesto desde fuera
Empecemos por el terreno conocido. El español, al igual que el inglés o el francés, carece casi por completo de clasificadores para objetos individuales. Sin embargo, nuestra lengua materna sí utiliza clasificadores de masa de manera constante. Los necesitamos cada vez que queremos cuantificar algo que se presenta en la naturaleza de forma amorfa, fluida o continua.
Si pensamos en el agua, el arroz, la arena o el té, resulta evidente que no podemos contarlos directamente: "dos aguas" o "tres tés" solo cobran sentido en un contexto muy informal si nos referimos a botellas o tazas implícitas. Para ser precisos, el español recurre a palabras intermedias que imponen un límite exterior a esa masa incorpórea:
"Un vaso de agua" → 一杯水 (yī bēi shuǐ)
"Dos kilos de arroz" → 两公斤大米 (liǎng gōngjīn dàmǐ)
"Una porción de torta/pastel" → 一块蛋糕 (yī kuài dàngāo)
En estos casos, el chino y el español operan exactamente bajo la misma lógica. Estas palabras actúan como recipientes o unidades de medida (mensurativos). Su función es meramente cuantitativa: toman una cosa y le imponen un contorno desde el exterior. Si cambiamos el recipiente, la sustancia permanece inalterada; solo cambia su volumen o su empaque.
Clasificadores individuales
El escenario cambia por completo cuando nos adentramos en los clasificadores individuales. Aquí es donde el chino despliega su naturaleza única. A diferencia de los de masa, estos clasificadores se aplican a objetos que ya poseen una individualidad, una frontera natural y una forma definida en el mundo real: un libro, un caballo, una persona, una canción.
Cuando decimos 一本书 yī běn shū, un libro, el carácter 本 běn (cuyo origen es el pictograma de la raíz de un árbol) no está "midiendo" el libro, ni le está imponiendo un límite que el libro no tenga. El libro ya es una unidad en sí mismo.
Una clave para el estudiante: la prueba del adjetivo
Existe un método infalible para distinguir estas dos categorías en la práctica. Si introducimos un adjetivo calificativo entre el clasificador y el sustantivo, revelaremos su verdadera naturaleza.
En un clasificador de masa, el adjetivo modifica directamente al contenedor, no a la sustancia: en 一大杯水 yī dà bēi shuǐ, lo que es "grande" es el vaso (杯 bēi), no el agua (水 shuǐ). En cambio, en un clasificador individual, el adjetivo describe al objeto real: en 一大条鱼 yī dà tiáo yú, lo que es "grande" es el pez (鱼 yú), mientras que 条 tiáo permanece como un eco silencioso que simplemente atestigua su forma alargada.
Habitar la geometría del mundo
Al cerrar el recorrido por la historia y la arquitectura de los clasificadores, se disuelve finalmente el espejismo del Emporio celestial de Borges. Lo que al principio se nos presentaba como un catálogo caótico e incomprensible de caprichos gramaticales se revela, bajo una mirada más atenta, como un sistema de extraordinaria coherencia. Los clasificadores no entorpecen la comunicación ni sobrecargan el pensamiento; por el contrario, incorporan al discurso una dimensión visual y táctil que las lenguas de la familia indoeuropea rara vez codifican de manera obligatoria en su gramática.
Para el estudiante de chino, este descubrimiento transforma profundamente el aprendizaje. La memorización forzada de partículas cede su lugar a una complicidad con el idioma. Ya no se repite 条 tiáo o 张 zhāng únicamente para aprobar un examen; se los utiliza porque se ha comenzado a percibir el río como una línea sinuosa, la hoja de papel como una superficie que se despliega ante los ojos o la montaña como una presencia estable que se alza sobre la tierra. Aprender la lengua deja entonces de ser un simple ejercicio de traducción para convertirse, en cierto modo, en un ejercicio de fenomenología: una educación de la mirada que nos enseña a reconocer cómo el lenguaje organiza nuestra experiencia del mundo.
Borges sugería en su ensayo que no existe una clasificación del universo que no sea arbitraria, porque desconocemos qué es, en definitiva, el universo. Quizá tenga razón. Pero frente a esa inmensidad inasible, la evolución histórica del chino no respondió construyendo categorías cada vez más abstractas, sino apoyándose en las formas más inmediatas de la experiencia humana: la manera en que los dedos envuelven el mango de un cuchillo, la fijeza de una montaña asentada sobre la tierra, el contorno alargado de los seres que nadan, reptan o recorren un camino.
Hablar chino, en última instancia, es aceptar una invitación constante a contemplar el esqueleto geométrico de las cosas. Cada vez que contamos, la gramática nos obliga a detenernos, aunque sea durante un instante, para reconocer la materia, la forma y, en cierto modo, el modo de aparición de aquello que tenemos delante. Lejos de la hermosa ironía borgeana de los animales «que de lejos parecen moscas», los clasificadores nos devuelven una y otra vez a la nitidez del mundo sensible. Nos recuerdan que las palabras, antes de convertirse en categorías gramaticales, fueron gestos, objetos y experiencias concretas; y que cada clasificador conserva, como un pequeño fósil lingüístico, la huella de una antigua manera de mirar el mundo.
Categorizan al objeto por sus cualidades intrínsecas, su geometría o su naturaleza física.
Imponen una medida, un contenedor, una fracción o un colectivo exterior a sustancias o conjuntos de objetos.
Díaz, M. E. y Torres, L. N. (12 de julio de 2026). La forma de las cosas. Una aproximación a los clasificadores chinos. China desde el Sur. https://www.chinadesdeelsur.com/2026/07/la-forma-de-las-cosas-una-aproximacion.html





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